Aniversarios y botellas con meados

Los aniversarios son una convención peculiar. Confieso que históricamente he sido malo con respecto a ellos, recibiendo más reclamos que halagos por mis planes para los mismos. También soy considerablemente malo para celebrar cumpleaños, en particular el mío. Tengo una cualidad particular para sabotearlos y aguar mis propios festejos, en una incapacidad para poder diferenciar los días ordinarios de los extraordinarios, dándole un peso igual a todos, sin poder diferenciar lo general de lo singular, lo habitual de lo festivo. Estos días siempre llegan en mal momento, o simplemente llegan y no hay ningún plan; una tregua con mi disfuncional proceder es impensable.

Los aniversarios son marcas temporales que mantienen en nuestro escenario de conciencia la naturaleza cíclica del tiempo que tiene que ver con los ciclos naturales y la concepción mítica del tiempo circular, del retorno. Esto choca con la conciencia histórica de progreso constante y de la imparable progresión numérica de los días y años que se suceden ordenada, discreta e inflacionariamente; el calendario hace su trabajo sin que nadie lo cuestione y constituye un modelo en donde no hay borrón y cuenta nueva, todo se acumula, no puede darse un regreso al pasado. El calendario niega la noción de ciclos que se repiten de manera regular, así como nociones más profundas como el viaje al pasado o el eterno retorno. Esto propicia que los procesos de remembranza y olvido operen de acuerdo a la narrativa histórica dominante. Para Reinaldo Arenas

…los impulsos, los motivos, las secretas percepciones que instan a un hombre no pueden aparecer recogidos por la Historia… La Historia recoge la flecha de una batalla, los muertos que ilustraron lo mismo, es decir, lo evidente. El efecto, no la causa. Por eso, más que en la Historia, busco el tiempo.[1]

Para Arenas el gesto de realizar historia por parte de la humanidad es un esfuerzo por entalonar, fichar, acotar algo infinito – el tiempo –, lo cual genera la “incesante irrupción de códices, fechas, calendas, etc. Sus progresos…”[2] Estos progresos históricos generan un modelo de realidad y conciencia cada vez más desconectado de las nociones cíclicas y mágicas del paso del tiempo, y es a través de las fotografías y otros documentos como podemos viajar a un pasado impuro, nunca inocente y con dosis de anti-historia. Aunque la lectura fotográfica está siempre recontextualizada por el presente, genera ciclos de remembranza que van en contra del flujo lineal de la historia, son la herramienta más cercana que tenemos para viajar en el tiempo.

Los aniversarios sirven como anclajes temporales que nos hacen celebrar la recurrencia de un suceso o la supervivencia de una persona, éstos nos ofrecen una experiencia similar a la de observar una fotografía, nos recuerdan a la persona o el evento. Sin embargo,  el remembrar no siempre es un proceso placentero. Cuando los aniversarios no cumplen con una noción de progreso, mejoría, o adquisición de sabiduría colectiva o individual, pueden ser una losa pesada dentro de la historia personal o social, hacen visible esta falta de progreso, el tiempo perdido, las oportunidades desaprovechadas, o el debilitamiento u olvido del evento que lo causó en primer lugar, peso histórico muerto, tiempo de vida que se diluye, olas que se calman.

El 19 de enero del 2014 estaba en Nueva York, fui al Barrio Chino a tomar unas fotografías. Hacía frío y tomé varias fotos de la zona, ni buenas ni malas. En el camino, encontré una botella de agua Poland Spring con meados dentro, e inmediatamente le tomé una foto. Una más para la serie que construía con fotos de botellas con meados en la Ciudad de México, la serie se internacionalizaba. La serie de fotografías con botellas de orines comenzó en la Ciudad de México, durante una caminata por el Eje Central a la altura de la colonia Doctores el 30 de abril de 2014. Me llamó la atención el gesto de ver un desecho humano encapsulado por una botella de plástico y lo fotografié.

Para George Kubler, el arte está compuesto por objetos originales, los cuales comienzan una serie o una secuencia (la foto en el Eje Central de la Ciudad de México comenzó esta serie). De ahí la serie puede evolucionar o truncarse, abrirse o cerrarse. Encuentro útil la distinción que Kubler hace entre series y secuencias, abogando que una serie es “la suma de un conjunto de términos que implica un agrupamiento cerrado”, mientras que una secuencia es “cualquier conjunto de cantidades ordenadas que sugiere una clase expandible y open-ended, una clase que se expande sin llegar a un final”[3],las secuencias son  “una red histórica de repeticiones gradualmente alteradas de un mismo gesto"[4]. En esencia, Kubler resalta la cualidad repetitiva e igualitaria de los elementos que componen una serie, mientras que cuando hablamos de una secuencia, variables como la historia y alteraciones graduales expanden o complementan una idea original, en la cual los elementos que la conforman, aunque complementarios, pueden tener distinto peso y potencia dentro de la misma.

El motivo botella con meados entró en mi escenario de conciencia y comencé a notar estas botellas con frecuencia y comencé a fotografiar y generar imágenes réplicas de la imagen original, lo cual dio origen a la serie. La botella con meados es un gesto meramente de ciudad, que nos indica de manera simbólica la creciente desconexión que tenemos con respecto al mundo natural; es triste ver que en la experiencia urbana no podemos acceder a un pedazo de pasto o un árbol para echar una meada. Debo confesar que cuando vivía en casa de mi madre, pocas cosas eran tan placenteras como orinar en el jardín en los días de niebla en Xalapa. Pero divago, el punto es que las ciudades son ciudades sin importar que tan sofisticadas sean; existen situaciones similares en todas que las hacen caer en la categoría de ciudad, y todas tienen que lidiar de una forma u otra con los fluidos corporales y las excresiones de sus habitantes. Así como la Historia nos desconecta de la cualidad infinita del tiempo, la ciudad nos desconecta de la naturaleza. Ambas construcciones humanas nos desconectan de algo de lo que paradojicamente, somos parte.

Lo que me interesa del gesto de los orines abandonados es su calidad indicial y el concepto de botella como contenedor con bordes delimitados (como las fotografías), que contienen un rastro indicial de su referente (como las fotografías). Ver una botella así en el espacio público es como encontrase una fotografía en el piso.

El 2014 continuó con la mezcla normal de lo ganado, lo perdido y lo encontrado que todo año tiene. Enero de 2015 me recibió nuevamente en Nueva York, motivos personales me hacían regresar a esa ciudad. Mientras revisaba mi acervo fotográfico del año anterior, vi la imagen de la botella con meados que había tomado casi un año atrás, esto sucedió un par de días antes de que esa caminata (y la fotografía) cumpliera un año. En ese momento decidí hacer un peregrinaje al Barrio Chino para tratar de encontrar el mismo punto fotografiado, el mismo día, un año después, con la idea de conmemorar el hecho de que andaba por los mismos rumbos (los impulsos a los que Arenas se refiere entrando en efecto). El 19 de enero del 2015 cargué en mi teléfono las fotos que tomé el año anterior, y tomé el tren de hora y media hasta llegar al Barrio Chino. Utilicé las fotos que tenía como camino de migajas para reconstruir la caminata original. Después de una hora simplemente no lo encontraba, la cualidad fragmentaria de la representación geográfica que había realizado mediante fotografías no estaba siendo muy efectiva, me estaba topando con la pared de reconocer que las fotografías suelen no ser suficientemente útiles para reconstruir el pasado de manera precisa. Cuando estaba a punto de abortar la misión por el cansancio y el viento frío de ese día, di vuelta en la calle Catherine y reconocí el aparador de una pastelería que había tomado un año atrás, esa imagen era la anterior a la foto de la botella, por lo que supe que estaba cerca. Después de estar por un par de minutos viendo detenidamente la banqueta, encontré el patrón de grietas y chicles pegados en el piso que había fotografiado un año antes.

En esa segunda ocasión no había botella con meados.

Hoy se cumple el aniversario de este par de caminatas y no estoy ahí. El segundo aniversario de la imagen de esa botella de Poland Spring me encuentra sin ganas de leer entre líneas el posible significado de no estar ahí hoy, de estar faltando a la cita con esa banqueta. El hecho de que la serie se haya roto propicia de cierta forma que ya pueda escribir al respecto;  la imposibilidad de continuar con la serie hace que ésta se cierre y que la manera de conmemorar este acto banal sea escribiendo acerca del mismo. La serie ha quedado rota e indefinidamente inactiva ( hasta  algún 19 de enero en el futuro en el que me encuentre en la calle Catherine nuevamente). Sin embargo, veo que al romperse la serie se abre con este texto la posibilidad de comenzar una secuencia con ella. En esencia, la diferencia entre el one-liner visual o serie y una secuencia o proyecto radica en que mientras una serie es un agrupamiento cerrado y autocontenido, una secuencia siempre tendrá el elemento de apertura, vaguedad y ambigüedad al que Kubler refiere, ya que las secuencias son “algo que nunca termina, sus fronteras y divisiones están continuamente en movimiento y seguirán moviéndose mientras los hombres hagan historia.”[5] Kubler también menciona que todo problema artístico del pasado tiene "la posibilidad de reactivarse bajo nuevas condiciones", y que sus “fronteras las indican soluciones relacionadas que describen las etapas tempranas y tardías de esfuerzo sobre un problema.”[6] En este sencillo, simple y absurdo caso que ocupo para introducir conceptos de Kubler, la nueva condición es no estar ahí, a lo cual estoy respondiendo con este texto; hoy no habrá fotografía, pero existe este texto que conmemora la imposibilidad física de continuar con la serie de fotos, este escrito es hoy la foto de la botella con meados y me brinda la esperanza de estar mejorando mi conducta con respecto a los aniversarios, ya que, de cierta forma, estoy cumpliendo con el requisito de remembranza que la celebración de un aniversario requiere.

La inactividad, latencia, ruptura o fin de una serie puede ser una análogo de la celebración de un aniversario amoroso. Así como una serie sólo tiene sentido para su creador, los aniversarios sólo adquieren sentido dentro de la historia de la pareja, al punto en que el que en el momento de la separación estas fechas regresan a ser una fecha más, que como una lengua muerta, quedarán inactivas y sólo volverán a tomar relevancia si la relación en cuestión se reactiva, si se dan las nuevas condiciones a las que Kubler refiere. Esto, todos sabemos, sucede en muy pocas ocasiones.

Sólo la distancia temporal nos puede alejar lo suficiente del presente para poder explicar y digerir todo lo que lo ganado, lo perdido y lo encontrado nos trae año con año, así como la oportunidad de reactivar una serie, secuencia, o relación. No hay falla, todo fine. Después de todo, como diría el gran On Kawara, I am still alive.

[1] Arenas, Reinaldo, and Enrico Mario Santí. 2014. El mundo alucinante (una novela de aventuras). Madrid: Cátedra. p. 87.

[2] Ibid.

[3] Kubler, George. 1975. La configuración del tiempo. Madrid: A. Corazón. p. 46-47.

[4] Ibid, 51.

[5] Ibid, 47.

[6] Ibid.